Uno está tan acostumbrado a ese tipo de reacción que suele pensar que un mínimo atisbo de descontrol es el fin del mundo. Por eso, cuando uno cree entrar en el habitual estado de ira desgarradora y de repente se da cuenta que faltan las principales características, comienza a auto-crearse razones para tener ganas de destruir todo. Pero, al ver que una simple sonrisa consigue hacer que abandone esa explosión momentánea, uno se da cuenta de que todo los síntomas fueron falsos, producto de la costumbre de haberse etiquetado.
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