jueves, 17 de septiembre de 2009

mayor es el peligro cuando mayor es el temor

Mi plan de mantener ocupada mi mente en cualquier otra cosa estuvo a punto de fallar al enterarme de iba a tener que esperar 20 minutos sin hacer nada relevante con mi vida. Me senté en la silla de madera mirando como la lluvia conseguía inundar Don Bosco, esperando ver la plateada camioneta y prometiéndome no desviar mi concentración hacia temas no deseados.
En lo que me parecieron mil vidas, conseguí hacer un recuento de lo que había hecho en el año y lo que aún me quedaba por hacer. Pero, fuera del tiempo kairótico, había conseguido evadir la realidad unos miseros 7 minutos desde que me había rendido al descanso momentáneo de mis múltiples tareas que me mantenían lo suficientemente ocupada como para no caer en ciertas tentaciones.
Metí las manos en los bolsillos de la campera. Es que hacía frío y decidí dejarme llevar por el lenguaje corporal que se traduce en inseguridad al querer esconder siempre el objeto de mis acciones. Tanteando, encontré eso que me había desprendido para inventar, aunque sea por unas semanas, que no me importaba el hecho de tenerte lejos.
Dulce rendición. Me permití un mínimo masoquismo y recordé como fue que habías aparecido en mi vida. Emergió con fuerza por haber sido ignorado, como una vieja película dentro de mi cabeza. Lástima que el tiempo esta vez sí había conseguido escapar. Una camioneta plateada apareció en la esquina. Con la desesperación de alguien que intenta seguir con vida, abrí la puerta de vidrio y me encaminé hacia ella adentrándome en la lluvia, dejando que ésta borrara, una vez más, tu doloroso recuerdo.

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