viernes, 25 de septiembre de 2009

Huir.

Ayer recibí una noticia devastadora. Se me aflojaron los ojos, se me cayeron los brazos. Mi boca perdió inclinación y mi espalda absorvió la tensión repentina. Evité salar mi vida con el agua de la amargura, pero espasmos de negación e incredulidad conseguieron alcanzarme durante toda la noche. Me desperté sin deseo alguno de hacerlo, ya que el dormir es una manera de morir, de escapar del día. Apenas conciente de la hora, me levanté con el cuello quebrado.
Quería salir corriendo y no volver nunca más. Volar, como lo hiciste en un momento. Escapar junto con tus recuerdos. Mi corazón y mi mente se coordinaron en un mismo deseo por primera vez en mucho tiempo.

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