Con paso apresurado, un mal soldado camina entre fronteras hacia ningún lugar. Su estandarte no flamea, es rígido como un cristal. Y lo que tiene de duro lo tiene de débil, el hielo lo hace resbalar.
Allá en el horizonte un mar naranja se abalanzaba por entre los deseos. Daña sus ojos, pierde su empeño. El mar naranja resultó ser fuego, quemó su bandera, enredó su sosiego.
El esclavo del poder perdió su estrella y sus fuerzas. Y con el fuego extinguido quemó sus sentidos, no quiso saber nada más sobre su tierra.
Los años lo habían superado.
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