Creo que este tipo de sorpresas son las que más le llegan a uno. Anteponerse a todas las situaciones que se presentan en la vida y así estar totalmente seguro de que no va a suceder algo y, en realidad, sucede.
Nunca había gastado tanto tiempo en apagar esperanzas y así no ilusionarme para no terminar decepcionada. Cada vez que se me venía a la mente una imagen de mi misma recorriendo Purmamarca, la descartaba imnediatamente. No iba a pasar. No tenía que pasar.
Ayer mientras caminaba hacia la oficina del director de mi colegio me volvieron a atacar esas absurdas esperanzas. Eran mínimas, minúsculas, pero bastaban para hacer que mi corazón palpitara mucho más rápido de lo común.
Me señaló la silla frente su escritorio, me senté y comenzó a hablar muy lento, como si quisiera que fuera digiriendo las palabras de a poco. Yo cada vez me sentía más y más nerviosa, sentía que iba a explotar. Pero no, no iba a pasar.
Hasta que él dijo "... y por todo eso decidimos que queremos que nos acompañes al norte".
Creí que me iba a estallar el pecho, nunca había sentido tal sensación. Estaba llena, completa, entera, puramente de alegría. Comencé a llorar, a tartamudear, a ver borroso y a preguntarle repetidamente al director si era un chiste toda esa situación. Seguía sin creerlo.
Me levanté, lo abracé, le di gracias más veces de las que me acuerdo. Me dio instrucciones que no escuché y salí al patio del colegio colapsada emocionalmente, llena de felicidad.
No podía parar de llorar. No podía hablar, ni contarlo, ni volverme a imaginar la cara de mi director, mientras me miraba a los ojos y me decía "te lo merecés".
Soy la mina más feliz del planeta.
1 comentario:
Justo hoy andaba pensando mientras volvía para casa: "yo nunca lloré de felicidad"...
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