Tenía de mascota un cobayo que saltaba. Parecía que planeaba desde mi hombro al piso, desde el piso hasta la mesa, desde la mesa hasta mi cabeza. Él lograba entenderme en todo lo que le decía, y cuando lo retaba se estiraba como si fuese plastilina.
Cuando aparecí en la casa de Natalia mi cobayo se transformó en un monito capuchino, y volvió a saltar y a obedecer como su antecesor lo hacía.
Nos pusimos a cenar con mi familia, creo que era asado con papas fritas el plato principal. Había un plato de más y yo no recordaba cuál era el mío. Resultaba ser que el quinto plato era para el mono, que iba a comer en el piso. Pero mi mascota y yo teníamos un plan. Dejando atrás la risa de mi papá, se metió en el baño y fui en busca de él.
Olvidados el baño, la cena y mi mascota, me metí entre una pequeña multitud para observar un espectáculo de bicicletas llevado a cabo en un edificio. Los adolescentes se tiraban de un balcón a manera de pasillo, de rejas blancas y bajas, para luego intentar no matarse en la caída mediante un correcto aterrizaje.
Era extraña la manera en la que era ignorada. Me veía transparente, todo me atravesaba, y el hecho de ver como esos chicos arriesgaban sus vidas por un deporte y no poder hacer nada me hacía sentir impotente. Hasta que de repente apareció un chico que se tiró sin bicicleta que, para aclarar, eran negras, grandes, horribles y parecían una especie de intento fracasado de un transformer. Bueno, saltó haciendo una pirueta. En mi desesperación, corrí hacia la baranda, grité que era peligroso e intente agarrarlo, pero sus grandes ojos azules me desconcertaron y no pude salvarlo.
Para mi sorpresa, antes de que tocara el piso, apareció una multitud de personas iguales que hicieron de cama elástica y el adolescente logró aterrizar sin ningún rasguño. Enojada, me puse de frente a la eufórica multitud y grité que me parecía algo estúpido y peligroso lo que hacían, ya que un chico casi fallecía y por suerte del destino no ocurrió. De repente, me volví nuevamente tangible y se acercó a hablarme un muchacho que, de alguna manera u otra, yo sabía que se llamaba Ramiro.
Ramiro me explicó que había dos pandillas que se peleaban entre sí todo el tiempo. El chico que había saltado sin bicicleta se llamaba Federico, y secundaba en rango a un enorme chico que se hacía llamar Nicolás.
Éstos dos últimos eran enemigos de Ramiro y lo superaban con creces. Mi amigo lo admitía sin ningún remordimiento, ya que él aseguraba que las piruetas y los aterrizajes no le salían bien por su poca estatura y no por falta de técnica. "Soy un gnomito" decía. Yo le desmentía diciendo que no era que él era enano, si no que todo el mundo era mucho más alto que él, incluyéndome. Le llevaba, fácil, una cabeza.
Aún nos quedaba mucho por hablar, pero igualmente me despidió cuando estaba por entrar en un ascensor de puertas blancas, dentro del cual se encontraba Federico, cuya presencia causó la partida de Ramiro.
Le di mi mano a Federico y me presenté. Me reí porque no lograba pronunciar mi nombre, así que quedó como algo inconcluso la manera en la que él me iba a llamar desde ese momento en adelante.
Salimos del ascensor y me dijo "cuidado, no hagas ruido, es la zona de los bebés". Entonces me agarró de los hombros y me guío cuidadosamente por entre una máquina que desarmaba un pequeño humano y lo limpiaba por dentro. Me pareció una imagen desgarradora, así que volteé la cabeza y me dejé llevar. Luego, atravesamos juntos otra puerta blanca.
De repente me encontré en medio de una sala de espera, toda revestida de blanco, con ventanales hacia la cuidad. Me senté en un resplandeciente sillón y no lo recuerdo bien pero creo que me puse a comer pastas con Federico. Al terminar, nos levantamos y volvimos sobre nuestros pasos pero, antes de pasar por la puerta que daba a la zona de los bebés, le pregunté si me había manchado el pantalón blanco que llevaba puesto ya que muchas personas mantenían su vista sobre mí. Especialmente otro chico, que luego me enteré que pertenecía a la pandilla de Ramiro y que envidiaba a Federico por su trato con los demás. Mi amigo me respondió que sí, y me di cuenta que me había ensuciado enteramente, desde la cabeza a los pies, con una sustancia roja, llámese tanto salsa como sangre.
Pasamos nuevamente por la horrorosa máquina, que se asemejaba a las patas de una araña, y llegamos a una sala también blanca con enormes ventanales. Ese lugar no poseía techo, es más, a medida que pasaba el tiempo las paredes cada vez perdían más y más altura. El chico de la pandilla de Ramiro nos había perseguido y nos seguía mirando.
Federico me presentó a La Reina de ese mundo y me pidió que le tuviese respeto. Ésta me invitó a observar su reinado y esa parte de la ciudad. Me preguntó si conocía el teatro Colón, le contesté que sí y ella con orgullo me comunicó que lo tirarían abajo porque ya estaba pasado de moda. Me puse triste y me opuse a esa decisión. Intenté divisarlo por entre los árboles, y como no pude reconocerlo, fuimos a visitarlo.
De repente me encontré transitando una calle con La Reina y sus guardias, Federico y el chico pandillero que seguía persiguiéndonos. Yo me detuve ya que teníamos que pasar por un enorme lugar lleno de pasto, y yo... no lo piso. Ellos se habían adelantado y me empecé a poner nerviosa. Estaba a punto de largarme a llorar cuando Federico se dio vuelta, volvió a mi lado, me levantó del piso y me llevó en sus brazos.
Entramos al teatro Colón y me sorprendí mucho. Por primera vez en todo ese tiempo, me fijé en la apariencia de La Reina: una mujer vieja y estirada, con un rodete elegante y su enorme y extravagante vestido y su pelo igualmente negros. El hecho que me dejó perpleja fue la manera en la que el piso, cuadrado con blanco y negro, combinaba con ella. Me miró de mala manera y se sentó a jugar al ajedrez con unas personas que se encontraban allí.
Me senté a observar y pregunté con confusión: ¿Es éste su juego de ajedrez? Jugaban en un tablero de cuadrados blancos y negros, casi como el piso, la reina era una torre negra que se agrandaba y el rey era un alfil que, vacíos por debajo, se usaban para mover dos dados. Me contestaron que sí de muy mala manera. Y me extrañe más todavía ya que cada vez que tiraban se anotaban tres puntajes, pero yo solo conocía la existencia de dos dados. No me animé a preguntar.
El puntaje más alto era "9-9-9" y se lo había sacado, haciendo trampa, un chico que se llamaba Gastón, que jugaba en solitario en una silla. Estuve a punto de preguntarle cómo lo había logrado, pero se puso a discutir con La Reina. Una chica se me acercó y me preguntó por qué no estaba limpia como los demás. Se llamaba Lucía y me presentó a sus amigos cuyos nombres no recuerdo, salvo el de Federico, obviamente. Desde que habíamos llegado no me había separado de sus brazos.
Le contesté que era imposible mantenerse limpio todo el tiempo, que en mi mundo existían los olores y les pregunté como hacían para que el suyo se mantuviera radiante. Me contestó La Reina con un dejo de bronca, diciendo simplemente que lavaban el hígado de los bebés para que no produjeran esencia alguna. Ahí entendí la función de la máquina semejante a una araña.
La ignoré y seguí hablando sobre mi vida. Les conté mientras ellos escuchaban con asombro, como era que los humanos tenían cada uno su propio olor. El pelo, las axilas, los pies, las manos, hasta las flores. Les pregunté si no habían olido nunca un Jazmín, y una chica rubia me susurró con pudor que sí lo había hecho. Lo dijo como si fuese algo prohibido. Sentía la mirada de La Reina en mi nuca.
Les dije que mi mejor amigo, Manuel, tenía su propio olor y que aunque tuviese los ojos cerrados lo reconocería en cualquier parte. Como respuesta, pusieron cara de asco y les conteste que ese olor no era feo, era simplemente la esencia que cada humano tenía.
Al escuchar esto, La Reina se levantó enojada y me dio para hacer una tarea: que tirara la sopa, que contenía un plato que ella a continuación me iba a dar, en un tacho de basura. Les pregunté a los chicos en dónde se encontraba y me lo indicaron.
Al abrir el tacho y comenzar con mi tarea, se escuchó a lo lejos un "¡jaque- mate!" y se volvió todo negro.
1 comentario:
No, NI EN PEDO te fumaste nada.
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