sábado, 29 de agosto de 2009

pero

Lo primero que hago a la mañana es intentar acordarme qué día es. La mayoría de las veces fallé en el intento por lo que me acostumbré a agarrar el celular, luego de apagar la alarma que anuncia el comienzo de un nuevo y estúpido día, para poder ver si de verdad era lunes, como yo pensaba, o si de repente me había despertado en un jueves.
Para mí empezar un día significa lidiar con todo lo que tengo a mi alrededor. Mi cansancio, mi ignorancia, mi vieja, mi hermana, el tiempo, mi vieja, no llegar tarde, armar la mochila, tomar el desayuno, mi vieja y, por sobre todo, no olvidarme de agarrar las llaves. Hace un tiempo me resigné a seguir intentando hacer el menor ruido posible porque, por mas silenciosa que fuese al moverme, el ser que duerme del otro lado del baño siempre se despierta, de alguna manera u otra, por mi culpa.
En realidad, puede llegar a pasar un tsunami por Canadá y ella también me acusaría de haberlo provocado.
En fin, después de que me anoten por haber llegado tarde al rutinario colegio, me siento en mi banco a escuchar a gente que cree que puede enseñar intentando explicar cosas que no me interesan en lo más mínimo. Siempre en el mismo lugar, con las mismas personas, en los mismos horarios y con el mismo cansancio.
Mucha gente me dijo que tengo que aprender a ignorar a las personas que no soporto. ¿Cómo ignorarlas si el motivo de mi poca paciencia son sus acciones? ¿Cómo no escucharlas si eso es lo que en realidad buscan? A veces intento mentalizarme dentro de otra realidad, dónde no hay ningún estúpido que haga comparaciones ni ninguna hipócrita que finja ser lo que no es. No recurro al cigarrillo, ni al alcohol, ni a las drogas; esa es mi manera de escapar de lo que me molesta.
Y mi vida se consume de a períodos. Una hora, diez minutos para huir de un claustrofóbico lugar para entrar en otro, dos horas, diez minutos para convivir con gente igualmente azul y dos o tres que intentar resaltar haciendo pelotudeces, una hora, otros diez minutos para respirar y, al fin, una o dos horas según lo malo que sea el día. A veces me toca quedarme ahí adentro, con olor a comida y transpiración por todas partes. La mitad del día me la paso encerrada en el colegio fingiendo prestar atención a muchos factores que no la merecen.
Al llegar a mi casa, la cual no quiere decir que sea hogar, lo primero que hago es sentarme en frente de la computadora y abrir el blog. Lo admito, estoy un poco obsesionada. Es que el hecho de poder descargar todo lo que me pasa en algo externo a mí me fascina.
Lo que también me sorprende es cómo las personas no abandonan actitudes aún siendo conscientes y admitiendo su gravedad. Me anoto en esa categoría, está mal pasar tanto tiempo intentando sentirme acompañada mediante algo irreal, pero tengo una excusa: prefiero escapar a tener que compartir un poco de mi vida con la persona que se cree mi madre.
Aunque, a veces, chatear me trae mas malestar que convivir con mi familia. Tiendo a cargarme los problemas de los demás en la espalda. Y, no solo eso, si no que cuando me parece que alguien está haciendo las cosas mal, me produce angustia intentar intervenir sabiendo que no debo hacerlo. O sino, me propongo inconscientemente distanciar los afectos en un intento de sacarme un poco de responsabilidad de encima. No me gusta sentirme mal, pero vivo defraudada, es verdad. Todavía no aprendí que no tengo que esperar que el mundo actúe como yo quiero que lo haga. Algunas actitudes específicas me vuelven loca. No logro aceptar la diversidad.
No quiero intentar hacer las cosas bien solo porque se espera que yo así lo haga. No quiero que me traten como un robot, me cansé de que me controlen. No quiero intentar dejar de tener defectos, ¿por qué no tengo derecho a hacer las cosas mal?
¿Qué consigo haciendo todo esto? Es imperceptible, invisible el descontento. ¡Quiero cambiar el mundo! Me harte de que la gente no piense.
Y es así como, una vez más, llego a mi cama, evitando pisar y romper algo del desorden de mi cuarto (o de mi vida) para no provocar la ira de mi progenitora, y me voy a dormir arrepintiéndome de todo lo que no hice durante el día.

1 comentario:

Maria dijo...

nadie dijo que no tenes derecho a hacer las cosas mal