Parece que todas las calles las hubiera caminado junto a vos, no hay vereda que no contenga su recuerdo. Tendrá algo que ver el hecho de que mi inercia me trajo, una vez más, a lo que solía ser nuestro lugar.
A veces pienso que solías tener razón. Cada semana escuchaba, junto con tu gracia fingida, como me reprochabas mi enorme orgullo y mi indomable soberbia. Como respuesta me refugiaba en mi silencio, ya que no tenía la capacidad de lastimarte. O eso creía.
Por haber preferido callar para no tener que discutir y así darte razones para justificar tu pensamiento, terminé causando todo lo contrario a lo que yo buscaba: perdí tu confianza.
Tantos años me había costado entender y valorar a la persona que tenía en frente, que nunca creí que podías tener algo de que quejarte. La relación era, básicamente, soportar la lentitud con la que las cosas sucedían. Tal vez sí estabas en lo cierto, tal vez fue mi orgullo el que te gastó.
Comenzaste a producirme más malestar, mucho más, que bienestar. Cada mirada de odio que no supiste ocultar, abría un poquito más mi herida y provocaba cada vez más ganas de soltar todo aquello que tenía guardado. Alguien debía decirte que no eras perfecta. Y alguien debía bajarme de las nubes.
Cabe la posibilidad de que, en su momento, fuimos más parecidos de lo que alguna vez pudimos darnos cuenta. Le dimos más importancia a mantener el orgullo y tener la razón, que a no dañar los sentimientos o perder el cariño que nos teníamos. Fue más fácil así, distanciarnos e intentar seguir cada uno su propio camino.
Claro, tuvimos la mala suerte de no recordar que, por obligación, debíamos vernos todos los días. De a poco y con dolor, conseguí dejar de mirarte y casi perseguirte a donde fueras. Me tuve que recordar cientos de veces que ya no eras parte de mi vida y, peor aún, que yo había decidido que fuera así.
Pero la vida no nos iba a dejar tan tranquilos. De alguna manera u otra, conseguí soltarte un día que te encontre vulnerable, todo aquello que me había guardado durante tantos años. Tus ojos, llenos de dolor que no pudiste ocultar, me gritaron que, si así yo lo deseaba, estabas dispuesta a perdonarme y a comenzar todo de nuevo. Yo no quise.
Desmentiste todo lo que yo pensaba de tu persona al no volver; ponía las manos en el fuego a que si lo ibas a hacer. No solo eso, si no que no volviste a mirarme a la cara. Eras más fuerte de lo que pensaba, lamento haberte subestimado.
Y ahora, luego de tanto tiempo, voy a buscarte con estúpidas excusas que no conducen a ningún lado y con una vaga esperanza de que, por lo menos hoy, tus ojos vuelvan a revelarme a la persona que nunca tuve el valor de conocer.
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