Desde que abriste tus ojos no paran de cegarme. Abriste tus brazos y cortaron los míos. Comenzaste a hablar, y desde entonces me han callado. Pasé de ser alguien a ser nada en absoluto.
Lo paradójico es que si cada día te pareces más a mí, ¿por qué debo ser yo la única que está equivocada? Mis virtudes son las tuyas y los defectos de los tres son los míos. No hay manera de tomarse las cosas que siempre termino con menos de lo que necesito.
No hay comunicación. Cada uno es un ente y vive en su propio mundo y con sus propias reglas. Tenemos nuestro propio espacio, nadie se invade con nadie y vivimos en armonía solo cuando uno cede algún derecho que cree tener sobre otro. Cada uno tiene su autoridad siempre y cuando se subordine un poco de jerarquía y se utilice un poco de inteligencia. Convivir en el mismo lugar no logra unirnos, cada día nos separamos un poquito más.
Callada, los observo con sus bocas cerradas y sus ojos abiertos intentando fingir que nos amamos mínimamente. Uno reclama, otro se queja, y terminamos siempre en el mismo lugar. Ya no se lucha por hacer de esto un poco más llevadero, si no que nos dejamos llevar por la corriente de la costumbre. Estamos enfermos, cansados, deprimidos y nos condenamos a vivir infelices porque ninguno se entiende con el otro.
La estupidez, la soberbia, la inocencia y la poca atención se juntan para intentar convertirse en una familia; y fracasa estrepitosamente en el intento.
Por eso te imploro que no te sientas culpable por ser el centro, quiero que sepas que no te odio. Pero tener que escuchar diariamente con desprecio las voces de ellos diciendome que siempre fui la que estuvo de más, me provoca tratarte con desprecio. Lo lamento, no puedo soportar que no sepan que soy una persona también.
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