Cada pensamiento equivalía a una lágrima. Cada confusión se transformaba en una amarga certeza que carcomía la cordura. Apagar la realidad con fuerza y decisión ya no podía funcionar; no sabía quién era, no sabía quién era.
Sus blancas manos lograban aparecer entre sus cabellos; furiosas, tirando, intentando arrancar cada melodiosa voz que cantaba acerca del peligro de entregar un corazón. Pero había cambiado. ¿Quién debía adaptarse? Porque al fin y al cabo no sabía quién era, no sabía quién era.
Envuelta en sus propios brazos, agachada y rendiéndose, rogaba al señor que le tendiese una mano de ayuda. Quería respuestas, quería certezas. No tenía de donde agarrarse, no tenía de donde empezar; ya que no sabía quién era, no sabía quién era.
Sin identidad y con el pecho vacío, consiguió ponerse de pie. Entre su llanto y su caos, quiso caminar y tropezó con sus propios errores. Continuo perdiéndose, no encontraba fuerzas para levantarse. ¿Para que intentarlo? Si no sabía quién era, no sabía quién era.
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