Salí a la calle caminando lento y tranquilo. Le cedí mi privilegio de peatón a un conductor sin ninguna prisa. Miré mis pies, mientras pisaban las hojas que el otoño había arrancado de los árboles, sintiendolas eternas, tanto así como la distancia que faltaba recorrer hasta llegar a mi hogar.
Ésta vez no reí sin ningún motivo, ni me enojé con la vida misma. Esas cuadras se me antojaban de antaño, teñidas de colores sepia, revestido todo con un aire de paz que hace años no sentía. Al pasar, evité pisar el cesped de la fábrica abandonada, siendo fiel a mi ya vieja y algo ridícula obsesión.
¿Qué lugar ocupan los otros en tu vida?, me había preguntado este nuevo en mi rutina, clavándome sus inescrutables ojos celestes en lo más profundo de mi inconsciente. No supe contestar, o no quise entenderlo, y él me contó, a modo de consejo disfrazado de profesionalismo, que yo no estaba al tanto de las razones de mi accionar, que no sabía hacia dónde me dirigía.
Ahora, en medio de mi desorientación, encontré una soga de la cual sostenerme, una brújula podría decirse.
Así que hoy, al llegar a mi casa, pude abrir las dos puertas sin equivocarme de llave. Esta vez lo logré.
No hay comentarios:
Publicar un comentario