Estaba agazapado, con un ojo cerrado y el otro enfocado en la mira del arma que cargaba en el hombro, con el dedo en el gatillo, listo para disparar. Se encontraba en medio de un desierto árido y seco, al rayo del sol.
No se escuchaba ni un sonido, ni su propia respiración. Apuntando a la nada, concentrado en su objetivo invisible, era el sexto año consecutivo que se la pasaba acechando a su presa.
Durante ese prolongado período de tiempo, había disparado incontables veces, sin tener demasiado éxito, ya que cada vez que apretaba el gatillo, la bala terminaba perdiéndose de vista en el horizonte. Nunca llegaba a ver dónde era que caía, o si había llegado a alcanzar a alguien y, así, haber podido destruir una posible amenaza.
Llevaba la barba crecida, toda enmarañada al igual que su pelo. Sus dientes, sucios y su lengua sin saciar, que en seis años no habían provado bocado, iban perdiendo su color y su forma. Su cuerpo, ya acostumbrado al polvo y a la arena del desierto, se había acomodado y solo funcionaba cuando se encontraba agachado.
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