El león, creyéndose dormido, acaba de despertar. Rugiendo a diestra y siniestra, responsable de las lluvias tanto como de los relámpagos, de las tempestades y del sol, se levanta embrabecido como el mar que es capaz de remover, cuando un ruido lo provoca, si es así, todos han de correr.
No se debe opinar, a menos que se esté a favor del felino. No se debe respirar, si es que eso se convierte en un acto de amenaza. Uno, bajo sus garras, debe reducir su vida hasta quedar aplastado entre su poder soberano, su agonía mal encarada, su odio, su tristeza y su amor obsesivo.
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