Caminé hasta mi hogar, riendome a carcajadas. La gente me miraba mientras yo me reía. Me miraban raro. Me miraban como si fuera una mina que se estuviese riendo sola caminando por la calle.
Apenas pude abrir la puerta, me temblaba la mano. Mi risa pasó de ser alegre a ser un gemido nervioso. Dentro de mi cuarto, me desplomé en la cama. La cabeza me daba vueltas, y me negaba a masticar y tragar aquellas palabras.
El piso comenzó a moverse y cerré los ojos con fuerza. Ya no reía. Todo en lo que yo había creído alguna vez, se había desvanecido delante de mis ojos. Así, como cuando el humo se pierde en el cielo y se mezcla con las nubes.
Me miré al espejo. Claro, había estado mintiendome todo este tiempo. Apoyé la mano contra el cristal y el frío contacto hizo que mis pies volviesen a tocar el piso de madera.
Miré a mi alrededor. Todo era un caos. Mi vida lo era, mi cuarto lo era, yo lo era. Un tremendísimo quilombo. Todo mezclado, arrugado, sucio y desordenado. Todo lleno de polvo, el polvo del descuido y del olvido.
Me miré a los ojos y me dije, con más pena de la que pensé saldría de mi boca: ¿Qué fue lo que te hiciste?
Ayer ordené mi cuarto, junté la ropa y lo barrí. Ordené mi mochila y reduje mi tiempo de sueño.
Ya no sé que hacer conmigo.
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