De vez en cuando me agarran esas ganas, muy chiquititas, y me acompañan durante todo el día. Se me suben a los hombros y me hablan sin cesar, me recuerdan tiempos dulces y tiempos amargos y tiempos en los que el tiempo no pasaba, sino que se encontraba estancado.
Esas ganas se me pegan y se me quedan y se me huyen cuando quieren, y se me tuercen y retuercen de risa y de llanto y recuerdan y recuerdan y recuerdan.
El otro día se me subió una ganita al hombro y no me dijo nada, se quedó ahí, viajando conmigo en el tren, mirando por la ventana. Y después de un largo silencio, largo como el viaje entero, me dijo, susurrando: ¿Qué me dirías si te contara que estoy bien?
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