El camino se llena de raíces de árbol, impidiendo mi avanzar. Salto, tropiezo, caigo y vuelvo a levantarme en mi mismo andar. Es todo parte del trayecto, parte de aquello a lo que le quiero escapar.
Y de las raíces salen troncos y de los troncos salen ramas, y de las ramas salen hojas que caen como lluvia y tapan el sol. Tapan el sol, tapan la luz y yo no veo en la oscuridad. No soy pájaro, no puedo volar.
Y se acaban los árboles y el camino que me lleva a trastabillar y me hundo en un pantano. Piso y del pasto sale agua y se moja mi avanzar. No soy pez, no puedo nadar.
E imponente aparece, emergiendo del suelo, una montaña, con sus piedras, sus curvas y su inclinación. Mi camino se convierte en pared de años de antiguedad, de caminos ya gastados de tanto ser transitados y allí detengo mi andar. Llego alto, pero no tan alto como para volar ni tan bajo como para no deternerme, darme vuelta, y admirar el paisaje que tengo detrás.
Hasta acá llegué.
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