ignorante de lo que se encontraba a mi alrededor, hoy solo me queda el recuerdo. De haber estado caminando en círculos, qué digo caminando, arrastrándome por el mismo camino, una y otra vez, hoy solo queda una vaga impresión de lo poco que solían responder mis piernas. Y mi cabeza, y mis sueños, y mi propia estima, todo por no mirar al costado. Todo por empecinarme en recorrer lo que ya de memoria me sabía, por escuchar las mismas canciones, las mismas excusas, por sentir el mismo miedo.
Existir consumiendo oportunidades, encaprichándome con lo imposible. Existir habiendome creído muerta, sin pasiones, sin acciones. Existir y rebajarme a la rutina, a la costumbre, a la persiana que quedaba levantada durante la noche para revelarme el mismo sol cada mañana, los mismos pasos, al mismo lugar, retonando así a las mismas obsesiones, a la pérdida constante del tiempo, a los llantos sin razones, al dolor frío de caerse rendida al piso una, y otra, y otra vez. Cuántas habrán sido las veces en las que deseé haberme arrancado el corazón del pecho y rebanarme la cabeza a tiempo. Unos 30 días, o 60 tal vez, en los cuales no veía nada más que el mismo objetivo. El único que iba a llenarme, el único en el mundo, en la vida.
Un día, me saqué las anteojeras. Miré a los costados del camino, y no estaba todo tan oscuro como yo me lo imaginaba. Es más, ese día, dejé que el sol me iluminara por primera vez en mucho tiempo.
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